Arena de Fractura: El Secreto Bajo Tierra de YPF
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En el corazón de la provincia de Entre Ríos, donde el Río Uruguay marca el pulso de la región, se erige un conjunto de obras que son mucho más que simples construcciones: son el testimonio vivo de la historia, la fe y el espíritu de progreso de Concepción del Uruguay. La Isla del Puerto, con su emblemático faro y su rica herencia cultural, no es solo un destino turístico, sino un relato tallado en piedra y agua que narra los desafíos y triunfos de una comunidad a lo largo de más de un siglo. Desde los esfuerzos titánicos para abrir un canal navegable hasta la devoción que levantó un monumento a la patrona de los navegantes, cada rincón de este lugar tiene una historia que contar.

La historia del icónico faro Stella Maris comienza mucho antes de su inauguración. Se remonta al final del siglo XIX, una época de gran desarrollo portuario para la nación. Mediante un decreto del 25 de abril de 1899, se dio inicio a la construcción de una obra fundamental para la seguridad de la navegación: un malecón o escollera de 130 metros de largo. Esta estructura, levantada en el veril sur del canal de acceso al puerto, tenía como objetivo proteger la vía fluvial de la poderosa acción del río.
La tarea no fue menor. Para dar forma a este murallón, se contrató especialmente en Buenos Aires a un grupo de obreros picapedreros italianos, cuya maestría en el trabajo de la piedra era reconocida. Bajo la dirección del ingeniero Henri, estos artesanos labraron y colocaron cada bloque, finalizando la robusta escollera en abril de 1901. Sobre esta base se instaló la primera señalización para los barcos: una “torre-semáforo”. Durante el día, utilizaba balones para comunicar el estado del puerto; por la noche, faroles encendidos guiaban a los marinos. Con el tiempo, esta torre fue modernizada y reemplazada por una “torre-faro” más avanzada, cuya iluminación era alimentada por gas de acetileno, un avance tecnológico significativo para la época.
La torre de hierro sirvió a los navegantes durante décadas, hasta que un fatídico día, el 23 de mayo de 1947, un accidente selló su destino. En medio de una crecida del río y fuertes vientos, el vapor MOP “71-B” maniobraba remolcando dos barcazas. Una de ellas impactó violentamente contra la estructura metálica del faro. El golpe fue tan severo que la torre se desprendió de su basamento y cayó a las aguas, quedando completamente sumergida.
La pérdida del faro no solo representó un problema para la navegación, sino también un golpe para la comunidad. Sin embargo, la adversidad despertó un fuerte espíritu de colaboración. Se formó una comisión de vecinos, presidida por el Escribano Don Wenceslao Gadea y acompañado por Don José María Nadal, Rector del histórico Colegio Justo José de Urquiza. Su objetivo era claro: reemplazar la estructura perdida por un nuevo monumento que no solo sirviera como guía, sino que también representara la fe y la identidad del pueblo.
El proyecto, ideado y dirigido por el Ingeniero Civil Don Carlos Augusto Diez Figueras, contemplaba la construcción de un pedestal coronado por una imagen de la virgen Stella Maris, patrona de los navegantes. La imagen sostendría una columna similar a una antorcha, con una farola en su extremo para demarcar tanto la entrada al canal como la punta del espigón. La obra se convirtió en un símbolo de resiliencia y devoción.
El 11 de septiembre de 1949 quedó grabado en la memoria de Concepción del Uruguay. A las 14 horas, una multitud se congregó para la inauguración oficial del nuevo monumento. El evento no solo celebraba la nueva construcción, sino que también rendía homenaje al Primer Congreso Mariano Nacional de 1947 y al 60° Aniversario de la Coronación de la Virgen de Luján.
La logística para llevar a los asistentes fue impresionante. Se utilizaron embarcaciones del Ministerio de Obras Públicas, pontones del Ejército y lanchas de la Sub-Prefectura. La Sección de Pontoneros del Ejército incluso construyó un puente provisional que unía el muelle con la isla, permitiendo que muchos llegaran a pie. La ceremonia contó con la presencia de autoridades municipales, provinciales y nacionales, destacando la participación del Ministro de Obras Públicas de la Nación, Don Juan Pistarini.
La bendición de la imagen estuvo a cargo del Arzobispo Monseñor Zenobio Guilland. Por la noche, los festejos continuaron en la Escuela Normal Mariano Moreno con la entrega de premios de un certamen de poesías dedicado a la Virgen. Se repartieron folletos con una frase que encapsulaba el sentimiento de la ciudad: “FORASTERO: ¡LLEGAS AL PUEBLO DE LA VIRGEN!”.
| Característica | Torre-Faro Original (pre-1947) | Monumento Faro Stella Maris (post-1949) |
|---|---|---|
| Estructura | Torre de hierro sobre basamento de piedra. | Pedestal de mampostería con escultura de la Virgen. |
| Iluminación | Gas de acetileno. | Farola eléctrica sostenida por la imagen. |
| Propósito Principal | Funcional: señalización para la navegación. | Funcional, religioso y monumental. |
| Destino | Destruida en un accidente en 1947. | En pie, ícono de la ciudad. |
Paralelamente a la historia del faro, se desarrolló otra obra de vital importancia: el canal de acceso al Puerto Interior. Su origen, en 1893, no fue comercial, sino sanitario. La obstrucción del canal “Boca Falsa” había provocado el estancamiento de las aguas del Arroyo Itapé, situación que los vecinos, liderados por el Intendente interino Agustín Carosini y el Ingeniero Julio Henry, asociaban a los devastadores brotes de cólera. La solución propuesta fue audaz: cortar la “Isla de las Garzas” para crear un nuevo flujo de agua.
El Gobierno Nacional apoyó la iniciativa y en 1894 se realizó el primer corte “a pico y pala”. Sin embargo, los resultados fueron limitados. El canal no logró sanear completamente las aguas y solo era navegable para botes pequeños. La visión, no obstante, se amplió: este canal podría conectar el Puerto Exterior con el Puerto de las Carretas, evitando la larga travesía por el Paso Cambacuá.
A partir de 1899, se sucedieron una serie de decretos y obras para profundizarlo y ensancharlo. En 1902 se aumentó su profundidad a más de 3 metros, permitiendo el ingreso de vapores. El hito se alcanzó con la llegada del Vapor de la Carrera “Rivadavia”, cuyo capitán, Don Juan Canoniero, fue homenajeado con una medalla de oro por la ciudad. En 1904, una nueva ampliación lo llevó a 200 metros de ancho y 18 de profundidad, consolidando a Concepción del Uruguay como un puerto fluvial de primer nivel.
La Isla del Puerto no solo es un lugar de proezas de ingeniería y fe; también fue el refugio y la fuente de inspiración para uno de los artistas más importantes de la región: Omar Scolamieri Berthet. Nacido en 1915, este pintor y escritor se radicó en Concepción del Uruguay en 1936 y pronto encontró en una isla vecina el lugar perfecto para instalar su atelier, al que llamó ”YEÍ PORÁ” (Retiro Hermoso).
Discípulo del gran Juan Carlos Castagnino, Scolamieri Berthet supo capturar como nadie la esencia del paisaje isleño, los colores del río y la vida de sus habitantes. Realizó más de 100 exposiciones y sus más de 600 obras se encuentran en colecciones privadas y museos de todo el mundo. Pero su talento no se limitó a la pintura; también fue un prolífico escritor, poeta y músico. Su primer libro, ‘Mi mundo está allá’, fue elogiado por diarios como ‘La Nación’ y ‘La Prensa’. En 1996, la ciudad que tanto amó y retrató lo nombró ciudadano ilustre. Su legado permanece como una parte inseparable de la identidad cultural de la isla.
Gracias a la construcción de la nueva Costanera Isla del Puerto, el acceso al histórico espigón y al faro Stella Maris es hoy más fácil que nunca. Lo que antes solo era accesible por agua, ahora invita a locales y turistas a un recorrido a pie. Sin embargo, este paseo de 130 metros sobre la escollera de piedra requiere gran cuidado. Las lajas que alguna vez cubrieron el camino han desaparecido, dejando al descubierto un manto de bloques de piedra con ángulos filosos y puntas irregulares. No existen barandas ni resguardos, y una caída podría tener consecuencias graves. Es un trayecto que combina la emoción de acercarse a un ícono histórico con la necesidad de una atención constante, un recordatorio de la naturaleza agreste y poderosa del río.
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